sol

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deu del deu del deu, ella.

Ara que aprenc a escriure
Avui que dieu
Avui que ella
Avui que tots
-que tots no és totes,
encara que afora soni que és,
a
falta
de
o-

Avui que ella
Avui que jo
-Avui que sol
aquí-
Avui que no diran
Avui que dic
Avui que la llibretera
comenta
Debe ser muy parecido al francés
-y al portugués,
y hasta al italiano-

Avui que dic
Avui que no diran
que ella
besàvia
faria 107
-cent set-

Ara que aprenc a escriure
-anys-

Baixo al carrer
i em deixo estar.
Baixo al carrer

em deixo
dir.

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piel roja

la única forma de empezar es empezar

por el final

-si se quiere-

hoy me quité lo último que me quedaba del viaje

en el cuerpo

-fuera de la piel

tocándola

rozando

la

piel

desde fuera-

me lo quité

sin pensar

que

pensando

sin embargo

que

terminaba

cuando

-si se quiere-

recién empieza

sol.es.aleatorio.s

conperdón

si

cuandotus

cuandoque

más

contigo

casi grande, con perdón

me camino feo

sos pequeño

si horas

y demás

como hacer ahora frágil

estoy mareado

cuando tus quizás ahora

frágil como

cuanto jamás hacer

jamás quieto            solo

estoy mareado

cuando tus

gracias!

feliz desrecordar

otro anónimo sintiendo ciudad

quita

vas húmedo

soñando día

queda día

soñando ciudad

contigo calma

trampas

No moví los imanes esta mañana, tampoco es que lo haga todos los días, sólo a veces me acuerdo. Ni hacía falta, total, poner el circulito verde sobre el 13, el segundo –igual de verde– en donde dice MI y mirar cómo el tercero sigue sobre las letras J-U-N.

Lo pienso mientras la mano izquierda sujeta el plástico con el hielo naranja dentro, manejar la bici sólo con la otra mano y pedalear. Imaginar por un instante lo que piensan de la joven-en-bici-con-esa-chuche-veraniega como acompañante. El frío en la lengua y la certeza del verano.

Es verdad que no era necesario dejar la fecha clavada en la estantería de casa, que hoy es un día marcado a fuego –hasta en el hielo– lo sé desde que me metí en la cama y eran más de las doce.

La certeza del verano lo repite, es 13 de junio y no hace falta esperar hasta el 21 22 23 –nunca me entero– ni al solsticio ni a las hogueras. Es verano de niñas con un flá –flag-flash-poloflá– sentándose a la sombra del árbol de la plaza.

Voy lenta, este calor inaugurado pide pasos que me lleven despacio, o movimientos de pedal vagos, desconfiados de la mano sola, aunque el freno derecho sea nuevo.

Hasta me pitan y me adelantan. Mujer. Y niño detrás. Ternura de carril-bici, futuro de ciudad. Hago trampa. Es al menos la segunda vez que hago esta trampa. Sé antes que las demás cómo funciona el juego. Llevo en los bolsillos piedras marcadas. No me atrevo a tocarlas, este camino de curvas, que se estrecha cuando quiere –inevitable ciudad cargada de iglesias entrometidas– que desfila entre kioskos, mesas con la cerveza de turno, paradas de autobús y la mujer del carro de la compra. Ella, su pelo blanco, sus gafas gigantes y gastadas. Sus ojos cansados de ir pidiendo a unos y a otras algo para que el día corra más fresco. Habla con otra mujer, no alcanzo a escuchar más de media palabra antes de volver al verde del suelo y los números marcados en graffitti amarillo, 13, 6, 12, otra vez ahí, puñal clavándose en la rueda de atrás, pobre, tan recién llegada.

Las piedras, las piedritas marcadas, tendría que asegurarme antes de llegar de que están todas. Las normales, esas redonditas, como una canica pero sin la gracia de la transparencia. Todas grises. Cuando llegue, le daré tres a cada una y explicaré el juego. También yo habré sacado tres para mí. Y la grande, roja y algo achatada para que marque bien a dónde vamos. Para que resista y no se mueva ni un milímetro cuando las bolitas la rocen, para que las escupa bien lejos si le llegan con fuerza.

Las mías –ellas no lo sabrán, yo nunca les contaré– tienen todas un peso distinto que las lleva a la velocidad justa, un un perfecto camino recto atraído por el rojo brillante. Sólo con trampas puedo ganar. Ojalá no sean las tres que van saltando traviesas en el último escalón.

Dos están rotas, la tercera avanza, discreta y solemne, hacia la alcantarilla.

reencuentros

hoy lo conseguí

subí, miré, escribí, miré, escuché, cambié la mirada, trepé, me senté, seguí escribiendo

no hice la foto porque

por lo que sea, porque la cámara, porque las ganas, porque la hice pero no te lo cuento

pero si la hubiese hecho no la mostraría,

ni ésa ni la del mapa

cualquier vecino avezado sabría dónde estaba, me ubicaría, seguiría leyendo porque se sabe vecino. Vecino mío o del personaje, qué más da. No quiero que el vecino listo sepa aún quién escribe. Ni situar al personaje. También podría decir personaja. A veces lo hago.

Hoy lo conseguí. Ahora vuelvo a dudar si lo estoy consiguiendo.

Había patios. Y por supuesto ropa tendida. Y vértigo, sobraba sombra y el sol se había ido antes de que llegara. Estaba en el borde donde el vértigo, así que decidí no arriesgarme a caer al patio -la vecina dejó escrito hace un par de días que por favor dejasen de tirar cosas a su patio, sobre todo si había ropa tendida. Ni quise saber si había ropa tendida, el vértigo era más grande-.

Ahora que intento terminar de conseguirlo encuentro una forma posible del descenso