grises

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Disparar al aire

Juegan a ser gris. Me olvido de ellos en una de mis fugas premeditadas. Me acuerdo de ellos en un patio. Grande. Simétrico. Con el suelo a cuadros. Con el cielo entero –aquí, primavera, sur–.

Ella cuenta los años. Si pudiera, nos haría ver a aquellos hombres mercadeando en las escalinatas que rodean la Catedral. Si pudiera, nos haría ver que mientras los señores gritaban, molestando la santa misa, este patio que nos rodea no era un patio –el cielo entero sí, supongamos–, que no había losetas, blanco y negro.

Ella suma años. Adelanta en cinco palabras un puñado de décadas. Ahora sí hay patio. Ahora los señores ya no molestan la misa, santa. El rey de turno mandó construir. El rey de turno dio órdenes precisas y hubo patio. Y dos galerías. Y puertas abiertas. Y otra planta. Y encima, un techo como ningún otro techo en el universo entero. Y para llegar al techo, una escalera como ninguna otra escalera en aquel mismo siglo. En aquel mismo universo. Aquel. Entonces. Sevilla.

Aquella. Fugaz. Narrada.

En cuanto se mueve le veo los pies grises. Las medias grises. Trato de seguir su carrerón que va de una década a la siguiente, de un siglo a otro. El gris me distrae, me recuerda que soy una fugada, que esto es una excepción. Casi no me entero del fin de la embajada, del borbón que llega, del escudo, de la (nueva) escalera inmensa, de las estanterías de caoba. Y sin embargo escucho clarito

– Hoy no. Subimos siempre, sí. Pero hoy no. Es que tenemos francotiradores en la azotea.

Esta Sevilla. Hoy. Precisamente hoy. Cuando.

Escudo. Borbón. Escalera inmensa.

Bajan señora y señor, mochila botella de agua sandalia calcetín verde. Borbón. Escalera inmensa. Escudo. Quiero que ella no haya dicho francotiradores. Quiero no estar imaginándolos detrás del pretil, diez metros encima de mi cabeza. Borbón. Escudo. Escalera inmensa. Bajan tres. Armados. Tres. Escalón a escalón. Azul oscuro, muy. Cincuenta centímetros separan mi barriga de los tres fusiles de precisión. Escalera inmensa. Escudo. Borbón. Quiero que ella no haya dicho francotiradores. Aquí. Sevilla. Esta. Hoy.

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Gente que juega

Juego a ser gris

Juego a ser gris

Juego a ser gris

Juego a ser

Juego a

Coger la carpeta, poner en la tapa –por fuera– el título del asunto. Ya dentro, a la izquierda, lo que no tiene que firmar –pero tiene que leer–. A la derecha lo que sí tiene que firmar –pero con poco que leer–. Clarito. Con sitio. Con nombre. Con cargo. Y carga. Y cargue usté con la carpeta. Que no pesa. Que no es gris –debe ser lo único, aparte de las plantitas navideñas, a las que apenas les queda rojo–. Que pesa. Camine. Pasillo. Suelte. Pase el relevo, deje la carpeta sobre la mesa y sonría, si es que hay alguien en la silla. O deje la carpeta donde dice “Salida” –nunca donde dice “Entrada”, supongo–. Hágalo como pueda, pero pase el relevo, deje la carpeta donde corresponda –nunca le vea la cara a la firmante, nunca sepa si dudó, si leyó, si preguntó, si hablaba por teléfono mientras que–. Pase el relevo. Dé media vuelta.

Camine. Siga las líneas del suelo, gris. Concentre la mirada en la punta de sus pies. Cierre los oídos si no quiere que

Como no quieren hacerlo bien, van a intentar hacerlo mal.

Siga las líneas del cielo, gris. Sonría si se cruza con alguien, evite el contacto directo sincero, canturree, para que se le cierren los oídos cuando

¿Qué? ¿Han salido? ¿O nos van a hacer sufrir una semana más?

No se pare. Un paso más. Otro. Siga las líneas grises de las paredes-vidrio. No mire entre líneas.

Estamos haciendo esto y parece que estamos mandando un cohete a la luna.

Acérquese a su mesa. No mire por la ventana –inteligente, ya no enseña la fachada con vidas, del otro lado–. Póngase los auriculares rápido, antes de

La forma de evitar los conflictos entre la gente es que las máquinas hagan el trabajo sucio.

Juegan a ser gris.

Publicado en El Topo Tabernario, en La gente va diciendo por ahí.

Aprender a ruidos

Mañana. Luz. Sevilla. Hora de ir al cole. Bicicleta con Lucía –cuatro años– en sillita de atrás.

Juego a ser tía –aprendo a montar en bici con niña a cuestas, nada de contramanos, nada de auriculares, apenas nada de prisas, ni por asomo se me ocurre retar a coches agresivos ni girarme con cara de asco y el grito a punto de salir–.

– En mi cole hay mucho ruido.

– ¿Ruido de la calle? ¿Hay obras?

– ¡No! ¡Ruido de aprender!

Me quedo sin respuesta, dudo si preguntarle a qué se parece ese ruido, detalles, tra-duc-ción-por-fa-vor. Demasiado tarde, llegamos al cole y a Lucía la engulle el pasillo, mochila en mano, sonrisa puesta.

Salgo al asfalto, me olvido de los auriculares: ya imagino niñas corriendo por pasillos, abriendo la puerta de una clase para mirar adentro y salir otra vez, con más niñas para más pasillos. Ruido de moverse, ruido de espiar, ruido de llamarse. Niñas saliendo al patio, subiendo a un árbol, abriendo el grifo de una manguera, haciendo barro con cubos de arena en medio de la pista de fútbol. Ruido de lluvia de verano, ruido de sumar, ruido de deshacer. Niñas haciendo un boquete en la tapia –mientras niñas distrayendo a quien vigila–, niñas saliendo a calle de atrás, de la calle a otra calle, de la calle a una plaza, niñas cambiando la hora de la-ciudad-por-la-mañana. Ruido de salir, ruido de escaparse, ruido de fugas.

Semáforo rojo. Pitido. Semáforo verde. Pitido más largo. Insiste. Vale, pedaleo, tran-qui-no-ses-tre-se, tran-qui-no-es-pa-ra-tan-to. El termómetro del cruce dice ocho grados, dice ocho cincuenta y siete. Las niñas –los niños– que veo casi llegan tarde, corren, caminan rápido de la mano de alguien que tira de ellas. Como yo, que ya no me distraigo cuando se pone verde y pedaleo sin respirar.

Bajo la rampa y escucho el penúltimo ruido de la mañana –baja la puerta del garaje, como si me dijera que sí, que no queda nadie más por entrar–. El último, la voz del ascensor: ter-ce-ra-plan-ta. Ruido de oficina. Juego a ser gris.

publicado en El Topo Tabernario, La gente va diciendo por ahí