barrio

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de memoria

la memoria es frágil

la memoria es lo que a ella le da la santa gana

 

he buscado fotos hechas desde la cocina al menos un par de veces

me puse a recordar los desayunos mirando la línea azul del horizonte

como hipnotizada

 

en alguna foto de interior, la realidad me devolvía el golpe

también había un hule morado con lunares blancos

que le hizo el fondo a los cuadernos sucesivos,

una y otra vez

un desayuno y el siguiente

 

otra foto de interior y aparece el azucarero pato amarillo

las paredes verde chillón

los asientos pegados a la pared, acompañando la esquina

en una interpretación libre de los sofás marroquís

 

la tetera junto a la ventana con las hojas del poto saliendo,

desparramándose sobre el fregadero, enmarcando la imagen del azul afuera,

con aquella especie de muñeca de hierros y papel

que se despertaba todos los días bailando sobre la tetera

sobre el agua del grifo

sobre su selva de potos

 

la niña de papel y de hierro que me retaba cada mañana

me invitaba a dejarme ir

sacar los ojos de los lunares

de los cuadernos

del café

del aceite en lata de cuatro litros

de las tostadas de un pan que se llamaba galleta

y había que cortar por capas

 

mezclas imposibles

galleta y aceite de quién sabe qué olivos, envasado en catalunya comprado en un freeshop de un pueblo que se llama Chuy

pueblo doble

 

la memoria inventa

la memoria vive como se le canta

 

me había olvidado de los tejados inmensos, de la multitud de edificios que había

entre mi desayuno y el río-mar

 

alambre papel, salta

alambre papel, salta

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las diarias

leo el diario de otra y me entran unas ganas infinitas de hacer eso,

de abrir,

de jugar al aquí ahora esto

al aquí ahora lo que salga

porque eso es lo que se hace en un diario -con un diario- aunque luego puedan arrancarse páginas, sobre escribir, comentar al margen, en otro color, con otra fecha, en rojo y entre exclamaciones para las cagadas grandes, rollo ¡¡pero si ya lo sabíamos!!

leo el diario de otra y me entran unas ganas infinitas de tener un diario,

ja, como si no tuviera uno nuevo desde -aprox- el uno de enero -como corresponde-

leo el diario de otra y me entran unas ganas infinitas de escribir, aquí, una entrada que sea como la hoja de un diario. que sea como ese micro espacio en el que no puedes mentir, porque luego le pones un candado y no lo lee nadie más.

y me doy cuenta de que es un día estupendo para contar lo que hice. pasé por delante de mi cole. un par de veces, tal vez tres; tal vez tres andando y dos en bici. tiene rejas más altas. sé que tiene rejas más altas porque hay un trozo que separa lo que había antes de una ampliación, casi un metro más. pero en realidad si la miro no me parece una reja tan alta. la calle que lleva a la avenida, por la que iba todos los días con la abuela a esperar a mamá me parece una calleja medio estrecha; nunca me pareció una avenida tampoco -más que nada porque es un pedazo peatonal-, pero nunca sentí que aquel recorrido fuera estrecho. [esto, en realidad, me lo invento, porque cuando era chica y llegamos al pueblo de mi familia, mi tía -que hacía años que no iba- decía todo el tiempo que todo era mucho más pequeño de lo que recordaba; y a todo el mundo le hacía mucha gracia]

se ve que estuve entretenida con otras cosas -con una valla nueva que separa el pequeño patio techado de la parte de atrás por donde entraban los profes; con la cantidad de plantas que crecen espontáneamente en el trozo que tenía árboles y tierra; con la altura nueva de las vallas- porque no me acordé del día en que rompí un diario entero, en el baño del patio. ese al que se entraba por al lado de la fuente.

bolsa de bruja

Pongo el pie en la calle. No, no llevo los tacones puestos. Lo dudé. Pensé que iría hasta casa, que me quedaría con la falda puesta. No podía salir a la calle con falda y pseudobotas de montaña. No con esta falda.

Así que cuando pongo el pie en la calle ya no llevo los tacones puestos.

Pero es mentira que haya pensado en eso.

Hay una voz que me saca de los tres primeros pasos que doy en la calle. Hay dos voces que me sacan de los siguientes pasos que doy sin tacones. Hablan de clown. De bufones.

Con el móvil en la mano me pregunto por qué el gesto automático, por qué la luz que me atrapa y que me saca de la calle. Que me saca de las sensaciones del baile juego, del juego baile. Que ni siquiera me deja darme cuenta de que ya no llevo los tacones. Que ya no sueno fuerte si se me ocurre ir saltando.

Me niego. Guardo el puto teléfono. Salto. ¡Salto, salto y salto!

No, no llevo tacones y me alegro; me alegro en diferido, no se alegra mi cuerpo porque mi cuerpo quería seguir sonando a tacones.

Se alegra mi cabeza que me acaba de ver resbalarme con las puntillas del tacón, las puntillas de la punta; el salto que termina con el culo plantado en los adoquines.

Pongo el pie en la calle. Pongo el otro pie en la calle. Miro la hora. Nada de pasar por casa. Vale. Seré caracol con chándal, la falda guardada en bolsa de tela colgada a la espalda.

Bueno. Ya habrá noche mañana para lucir medias. Me distraigo. Me digo que tengo que estar atenta. Me digo Basta de luz de teléfono.

Abro los ojos.

Cierro el paréntesis y vuelvo a las sensaciones del baile.

Se me suelta la cara y los ojos se me abren más. Debo estar sonriendo porque la gente me mira como si fuera peligrosa; como si acabasen de verme caer desde la azotea más alta. Como si desde esa caída, a vuelo rápido, hubiese aterrizado leve, pie uno, pie dos, sin miedo.

Me he visto bajar y me he mirado los pies. Un paso, otro paso, uno, otro.

Levanto la vista. Hay una botella de agua a la altura de mis ojos.

Se me ocurre que debajo debe haber un coche. Los coches usados, cuando los quieren vender, se señalan con una botella de agua encima del techo. No sé si en alguna de mis ciudades o si sencillamente en una que visité.

No hay coche.

Sí hay coches, dos,

–y eso que se supone que es una acera–

pero no están debajo de la botella.

Lo que hay es uno de esos extraños elementos del mobiliario urbano. Algo como un armario de hormigón con un par de puertas metálicas y la curiosidad absoluta de qué guardará dentro. ¿Se vende? ¿Se vende eso?

Me dan ganas de reír y además empiezo a saber que un minuto más tarde tendré los ojos aun más abiertos, la sonrisa más amplia, los músculos de la cara más sueltos.

Le doy la vuelta al armario.

En las puertas, un puñado de anuncios, cosas que se venden, tiempos que se alquilan.

Los coches, cuando vuelva a casa, seguirán en la acera. La botella, no. Los anuncios serán otros, de conciertos inminentes, de cerrajeros más urgentes.

Pongo un pie en la calle.

Antes de llegar a la esquina me cruzo con una madre y su hija, de unos 5 años y 90 centímetros de alta. Lleva puestos unos tacones negros que su madre no ha conseguido quitarle después de la clase de flamenco.

En la bolsa de la bruja llevo mis tacones nuevos.