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Al margen

Lo encuentro ahí, en un lado, en la columna derecha de una página que se terminó escribiendo –a lápiz– en dos columnas. Y sé que se escribió primero esa, a la derecha, como anticipándose a algo, como queriendo colarse, llegar antes. Y que luego tuvo que recomponer la imagen de la que la miraba desde detrás de la pantalla –otra vez ella, ojos negros, chanclas de plástico celestes, tierra anaranjada detrás, fondo continuo, tierra de verano largo y pies naranjas- para seguir el viaje impuesto por los números que corren de arriba abajo de la misma pantalla.

–escribir –ficción– es lo único que puedo hacer sin mentirle a nadie

la manera más digna de salvarme

ahora, visto en pantalla, no me gusta

no me gustan las cosas que tienen que ser más

son

o no son

bolsa de bruja

Pongo el pie en la calle. No, no llevo los tacones puestos. Lo dudé. Pensé que iría hasta casa, que me quedaría con la falda puesta. No podía salir a la calle con falda y pseudobotas de montaña. No con esta falda.

Así que cuando pongo el pie en la calle ya no llevo los tacones puestos.

Pero es mentira que haya pensado en eso.

Hay una voz que me saca de los tres primeros pasos que doy en la calle. Hay dos voces que me sacan de los siguientes pasos que doy sin tacones. Hablan de clown. De bufones.

Con el móvil en la mano me pregunto por qué el gesto automático, por qué la luz que me atrapa y que me saca de la calle. Que me saca de las sensaciones del baile juego, del juego baile. Que ni siquiera me deja darme cuenta de que ya no llevo los tacones. Que ya no sueno fuerte si se me ocurre ir saltando.

Me niego. Guardo el puto teléfono. Salto. ¡Salto, salto y salto!

No, no llevo tacones y me alegro; me alegro en diferido, no se alegra mi cuerpo porque mi cuerpo quería seguir sonando a tacones.

Se alegra mi cabeza que me acaba de ver resbalarme con las puntillas del tacón, las puntillas de la punta; el salto que termina con el culo plantado en los adoquines.

Pongo el pie en la calle. Pongo el otro pie en la calle. Miro la hora. Nada de pasar por casa. Vale. Seré caracol con chándal, la falda guardada en bolsa de tela colgada a la espalda.

Bueno. Ya habrá noche mañana para lucir medias. Me distraigo. Me digo que tengo que estar atenta. Me digo Basta de luz de teléfono.

Abro los ojos.

Cierro el paréntesis y vuelvo a las sensaciones del baile.

Se me suelta la cara y los ojos se me abren más. Debo estar sonriendo porque la gente me mira como si fuera peligrosa; como si acabasen de verme caer desde la azotea más alta. Como si desde esa caída, a vuelo rápido, hubiese aterrizado leve, pie uno, pie dos, sin miedo.

Me he visto bajar y me he mirado los pies. Un paso, otro paso, uno, otro.

Levanto la vista. Hay una botella de agua a la altura de mis ojos.

Se me ocurre que debajo debe haber un coche. Los coches usados, cuando los quieren vender, se señalan con una botella de agua encima del techo. No sé si en alguna de mis ciudades o si sencillamente en una que visité.

No hay coche.

Sí hay coches, dos,

–y eso que se supone que es una acera–

pero no están debajo de la botella.

Lo que hay es uno de esos extraños elementos del mobiliario urbano. Algo como un armario de hormigón con un par de puertas metálicas y la curiosidad absoluta de qué guardará dentro. ¿Se vende? ¿Se vende eso?

Me dan ganas de reír y además empiezo a saber que un minuto más tarde tendré los ojos aun más abiertos, la sonrisa más amplia, los músculos de la cara más sueltos.

Le doy la vuelta al armario.

En las puertas, un puñado de anuncios, cosas que se venden, tiempos que se alquilan.

Los coches, cuando vuelva a casa, seguirán en la acera. La botella, no. Los anuncios serán otros, de conciertos inminentes, de cerrajeros más urgentes.

Pongo un pie en la calle.

Antes de llegar a la esquina me cruzo con una madre y su hija, de unos 5 años y 90 centímetros de alta. Lleva puestos unos tacones negros que su madre no ha conseguido quitarle después de la clase de flamenco.

En la bolsa de la bruja llevo mis tacones nuevos.

tarden cuanto quieran

la tarde es infinitamente más interesante que la mañana.

-disculpen que lo diga, amigas que no están-

apareció, al fondo del fondo de la puerta abierta, la prometida marioneta gigante (ahí justo, ahí donde terminan mis ojos cuando giro la cabeza 120º grados a la derecha). Está sentado, no llego a verle la cabeza -si me esfuerzo y entorno los ojos, adivino una barbilla con una especie de barba en pico, me hace pensar en un Quijote, pero el Quijote no se dejaría estar así, sentado en un taburete alto, con las rodillas dobladas, los brazos doblados hacia arriba en un gesto que dice que en cualquier momento se pone a llorar

sí, papá, no es ninguna de las noticias de hoy, es una marioneta gigante, una marioneta hombre, que parece un quijote si te empeñas y que si lo mueven una vez más se va a poner a llorar.

las tardes son infinitamente más interesantes que las mañanas.

por un oído me llega un debate con acento uruguayo. campaña electoral. plebiscitos. no aclares que oscureces, dice ella. pues eso.

-disculpen, amigas, sé que no prometieron ninguna marioneta gigante, tal vez una virgen, tal vez algún cristo, eso dijeron-

un señor pasa. camisa blanca, cartera en bandolera. se para. mira. una vecina que tampoco está por las mañanas se asoma desde el salón. al lado, la terraza-trastero del cabecero-cama-doble. una señora -camiseta blanca, bolso en bandolera- sale del local donde al quijote lo están trastocando.

salgan

o entren

o miren afuera.

obedezcan. encuentren  una palma de domingo de ramos aún colgada de una terraza

-escuchen: un tendedero de tu vida a la mía. claro. esta nos la sabemos. este momento. nos lo sabemos-

vuelvan a obeceder. el cabecero de una cama depositado en una terraza-trastero. pregúntense ¿también desde semana santa? ¿pero de la de qué año?

suban. macetas. la terraza-jardín. geranios. un poco lánguidos. un poco solos, desordenados. un poco lejos del suelo. un poco pocos.

y aires. aires. aires. desaires. seis máquinas de aires para el verano, bombas para el invierno. sume y siga, a poco que se mueva encontrará que son ocho, nueve, diez.

vida. la paloma que pasa, el hombre que sale. la luz encendida en el salón-terraza-con-tendedero.

salgan

complicado

sólo de impulso

                             en impulso 

(como éste) 

                             como todos

me siento 

escribo

me invento

y antes de terminar ya quiero deshacer

vuelta

aterrizar es

también

no saber

Sigue leyendo

aquíllálláquí

entre allá

salir a la calle cada día ...

y aquí

mmm sinpalabras

hay una distancia que anda rondando las cinco cifras

(desde hace como un minuto, hasta antes de eso se parecía bastante a 12.000 km, no sé a cuál de mis yos responsabilizar del robo de más de 2.500, podrían haber sido pesos, euros, dólares, cosa mucho más útil que ir derrochando centímetros a millones)

parada no me hallo

ni mucho ni poco

lo mío son las grandes apuestas

algo como

aprendamos a ser turistas de la ciudad propia

como si la ciudad // como si los turistas // no, no,

pará // no es momento de divagar // no

vamos a definir cuál es la ciudad propia // no

vamos a decidir qué quién es turista dónde

quieta no sirve, no, parada, parada de pie, parada sentada –sirve mezclar idiomas, sí, eso tendrá que servir, aunque esto no se convierta en la mirada de– parada, sin avanzar, sin moverme, sin intentarlo, con parálisis, con el listón tan alto que

entre allá

casa (der)ribándose

y aquí

(der)ribo de panadería(der)ribando pan(der)ribando el pan(der)ribando el pan