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inventario, dos

Pienso en llegar a casa

y de dónde sacaré el primero.

Cuál saldrá cuando yo meta

la mano en

y toque aquello que

¿qué orden ocurrirá?

¿bolsa de papel? ¿armario?

Libros. De todas partes pueden

salir libros

Pero los libros no

Cuadernos

En la mesita de la izquierda

hay cuadernos

Puedo coger el amarillo

y abrir

y ver

Y recordar los días

desordenados

Un cuaderno no es un objeto

de viaje

El cuaderno ya está ordenado

Nada de todo esto

Todo esto que escribí

-y más-

ocurrió en dos

minutos

¿cómo será?

todo esto que escribí

me bailó en la cabeza

pero fue más fácil.

 

Hay

Hay un cono

Hay un cono rosa

Rosa sobre beige

Hay un cono de lana

Hay un cono tejido

colgado en la ventana.

Hay un cono y yo lo veo en la ventana.

 

*ahora

**ya en casa

***hay un cono rosa

****colgado a los pies de mi cama

 

 

piel roja

la única forma de empezar es empezar

por el final

-si se quiere-

hoy me quité lo último que me quedaba del viaje

en el cuerpo

-fuera de la piel

tocándola

rozando

la

piel

desde fuera-

me lo quité

sin pensar

que

pensando

sin embargo

que

terminaba

cuando

-si se quiere-

recién empieza

bitácora de vuelta 0.0

puedo hacerme trampa y comenzar ya: ahora que aun me sabe la boca a chocolate, a trufa, al maracujá que llevaba adentro esa esfera bomba.

en la mesa, los restos de la cena. un plato con envases vacíos -de requeijão cremoso y de dos tipos de galletitas diferentes- y un cuchillo sucio. quedan más galletitas y parte de las frutas que no nos terminamos ayer, anteayer. sí, las frutas del sablazo en el mercado municipal -similar a la Boquería en esa onda frutas colorido mucha gente sablazos-.

las extraño.

las extraño y no.

cené lo que ellas sacaron de la heladera ayer antes de irse. parte de.

-meto la mano en la bolsa, saco otra trufa; este envoltorio es celeste en lugar de amarillo; ¿qué será en lugar de maracujá?-
me hago trampa. juego al juego de sacar objetos -del viaje- antes de volver. juego a la bitácora de vuelta antes de estar -de vuelta-.

por algo que no sé qué es -ah sí, ya sé la conexión- me veo con Natacha -ella llevaba un carro de la compra- sentada en el bar que hace esquina donde empieza Regina -donde empieza por mi parte, por Feria-; hablando de Quito, de hábitat tres, de armar algo, una charla, un taller. me recuerdo tomando notas, asumiendo tareas que nunca haré -pensaba que sí, aunque no sé cuándo exactamente pensaba hacerlas-. sé cuál es la conexión que me acaba de llevar a esa imagen: el Gallo Rojo, la galería de casi la esquina siguiente. creo que nunca había entrado. estaré ahí el viernes -estoy ahí, también, ahora, como eso que dijo Ricardo el domingo; la interferencia es presencia, y añado: lo virtual es presencia, el sueño es presencia, la intención es-.
la esfera chocolate y sorpresa sigue sobre mi pierna. guardaré el papel y en unos días unas semanas unos meses me tocará escribir hablar bailar grabarme filmar dibujar sobre este momento. este salón de hostel paulista que -ahora- no describí.

del sabor que -todavía- no sé.

verierno

piscina y chimenea

par de horas de baño

cómo los de las siestas infinitas

-las de ellos-

cuando había escapatoria

-en casa de otros

en la piscina de otras-

balón

ahogadillas

bucear ida y vuelta

ida vuelta ida

o hasta cuatro

-en la piscina corta,

esa era la nuestra

sería a otra hora entonces-

sin respirar

-sin gafas

a pulmón

ojos a prueba de cloro-

y siempre

hambre fulminante

dedos arrugados

ojos rojos

ganas de más.

merienda.

de ida y vuelta uno. empezar -casi- por el final.

De todos os prazeres do ser humano, você está diante do que tem mais sabor. Então, se o prazer é un bom café, foi un prazer te conhecer…
Vía Augusta. SP.

plan b, ¡plan ba!

El cuadro es una ventana blanca, de madera, con persiana también blanca -también de madera-, abierta hasta los dos tercios. -Tapando arriba, el tercio superior de los vidrios, solo una de las líneas de vidrios-.

Detrás del árbol sin hojas, chiquito -lo habré visto con hojas, la otra vez, el repetido ‘diciembre’, sobado diciembre, ese- las dos ventanas alargadas con la puerta al medio, alargada igual. Altísimas todas. De madera -también-, aunque ellas no son blancas. Son marrones. Y son persianas que abren hacia los lados. No hacia arriba como la de esta casa -inesperada, que no desconocida- en la que estoy.

La casa de enfrente tiene la ventana izquierda abierta: la persiana entera y parte de los vidrios. Uno de los tres, de hecho. Símbolos. Mucha cosa de tres en tres. En algunas, dos abiertas, una cerrada. En otras, dos abiertas, una cerrada. Jugamos mucho a esto del número tres. Con mi treintaytres. Treintaytres años.

Ahora hay un perro en la ventana de enfrente. Entre los vidrios -las dos hojas cerradas- y la reja que la separa de la calle, sobre el pretil, o alféizar; eso, alféizar se llama esa parte de la casa.

la casa grande

Soñé otra vez una mudanza. Bueno, no, la mudanza no la soñé. Ya estaba en la casa. Una casa otra, de espacios grandes; conforme la recorría aparecían más espacios de la nueva casa.

                                                                                                    (apuesto a que no existían hasta que entré en ellos)

No sabía cómo había llegado hasta allí ni en cuál de mis ciudades estaba.

Todos los muebles que había parecían pocos, sueltos dentro de espacios tan grandes, con tanta luz.

Sobraba tanto lugar que cualquiera que llegase amenazaría con quedarse.

la casa en bvr españa

la casa en bvr españa – mvd

¿cómo me va a doler?

Otras veces, nos dicen que el enemigo está dentro de nosotras y que hay que empezar el cambio por una misma. Como tenemos tantas sombras autoritarias dentro, una ya no sabe si ponerse el rifle en la sien y disparar contra el enemigo.

La hidra tabernaria

¿Sientes frío en la espalda? ¿en la columna? ¿en el trozo de piel donde se apoya el arma?

¿Estabas escribiendo en la pared, era eso?

Te he visto protegida hace cinco minutos. Protegida por muy poco, en equilibrio inestable, sí. Apenas las puntas de los pies te sujetaban a una cornisa. Y te tapaba algo, algo como una cortina o la copa de un árbol. Pero de todas formas sabían que estabas ahí. Es imposible que no te hayas movido aunque sea un poquito, aunque solo sea  lo que el cuerpo se mueve cuando respira.

El frío del arma en la columna ¿sobre una vértebra? ¿en el hueco entre dos vértebras? ¿pesa? ¿duele? ¿te están empujando desde ahí? No. No es nada de lo que sientes. Solo sientes la espera, El disparo el disparo el disparo ¿cuándo va a disparar? ¿me va a doler? ¿Cómo me va a doler? ¿Será el dolor más bestia de los que nunca sentí? ¿dónde va a empezar el dolor? ¿pero por qué no dispara ya? ¿a qué espera? ¿qué hago aquí? ¿Me voy a empotrar contra la pared cuando dispare? Pero qué tontería haber dejado caer el peine. Pero qué tontería que no hayan hecho la vista gorda. No era necesario bajarme de ahí con esa violencia y arrastrarme hasta aquí, y vendarme los ojos, y ponerme de cara a la pared. Qué más da, ya sé quién me está viendo; y también sé quién no me ve pero ya sabe que me han cogido y que me están matando; ya sé quién tiembla esperando mi grito y el desplome, mi cuerpo chocando todo él contra la pared, luego contra el suelo ¿está fría? ¿dónde se apoya? ¿por qué no dispara? Lo único que quiero es oír el disparo, sentir el disparo, saber dónde duele.

disparen que no sé cómo duele

la punta de la pistola entre la cuarta y la quinta vértebra.

no siento algo frío que esté apoyado directamente en mi piel.

no sé si de pie o tumbada, solo sé de la pistola que tengo apoyada en la espalda, en un sitio tan bajo que no sé cómo, pero sé que el disparo me va a matar. sin saber dónde estoy, sin saber cómo conecta la última imagen que recuerdo con este estar pegada casi por el culo a la punta de una pistola, sé que puedo salir corriendo. no hay nadie al otro lado de la pistola. se va a disparar igual. puedo salir corriendo igual.

no lo hago.

sé que puedo despertarme. sé con tanta fuerza que puedo despertarme como que tengo ganas de saber cómo duele.

tarden cuanto quieran

la tarde es infinitamente más interesante que la mañana.

-disculpen que lo diga, amigas que no están-

apareció, al fondo del fondo de la puerta abierta, la prometida marioneta gigante (ahí justo, ahí donde terminan mis ojos cuando giro la cabeza 120º grados a la derecha). Está sentado, no llego a verle la cabeza -si me esfuerzo y entorno los ojos, adivino una barbilla con una especie de barba en pico, me hace pensar en un Quijote, pero el Quijote no se dejaría estar así, sentado en un taburete alto, con las rodillas dobladas, los brazos doblados hacia arriba en un gesto que dice que en cualquier momento se pone a llorar

sí, papá, no es ninguna de las noticias de hoy, es una marioneta gigante, una marioneta hombre, que parece un quijote si te empeñas y que si lo mueven una vez más se va a poner a llorar.

las tardes son infinitamente más interesantes que las mañanas.

por un oído me llega un debate con acento uruguayo. campaña electoral. plebiscitos. no aclares que oscureces, dice ella. pues eso.

-disculpen, amigas, sé que no prometieron ninguna marioneta gigante, tal vez una virgen, tal vez algún cristo, eso dijeron-

un señor pasa. camisa blanca, cartera en bandolera. se para. mira. una vecina que tampoco está por las mañanas se asoma desde el salón. al lado, la terraza-trastero del cabecero-cama-doble. una señora -camiseta blanca, bolso en bandolera- sale del local donde al quijote lo están trastocando.