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de pie

El abuelo llevaba meses sin salir de casa. Al principio fue la torcedura del pie.

A los dos días, cuando más hinchado estaba, seguía empeñado en que tenía que ir al estadio, era el último partido y el equipo se jugaba la liga. Nadie podía acompañarlo, Mateo y Juan se habían marchado hacía varios meses –ya le dolían bastante todos los domingos que había tenido que ir al fútbol sin ellos–. Manuel era demasiado pequeño y María, aunque es mayor que yo, se habría puesto roja de vergüenza de solo pensarlo. Yo me moría de ganas de ir. Desde antes de que mis hermanos se fueran a Francia, pero nunca me atreví a decir nada. El primer domingo que no estaban, se lo dije al abuelo, procurando que no se enterara nadie –sobre todo padre–. Me dijo que no todas las veces que insistí, aunque ya el primer día se le iluminaron los ojos cuando terminé la frase –despacito, porque no me salían del todo las palabras, eran nuevas–.

La última vez que se lo dije fue el mismo día que se rompió el pie, por la mañana. Lo pillé desprevenido, con el café entre las manos. Lo vi titubear, casi dijo un Ya veremos. Vi en su mirada triste un Ojalá tu padre estuviera en el pueblo también el fin de semana. Ojalá no estuviera en casa cuando hay partido.

Ahora todos los domingos me pongo los pantalones de Mateo –los que se olvidó secando en el patio– y ensucio mucho los zapatos feos de ir a la escuela. Entro en la taberna de Gonzalo aprovechando que entran los amigos de Juan.

Me escondo bajo el transistor, al lado, detrás de la cortina. Y copio todas las frases que puedo, una detrás de otra. En cuanto termina partido me voy corriendo a casa, intentando que no se me note la cara de fastidio si perdemos.

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hora de comer

Entonces se me ocurre que éste es, por supuesto, un buen momento para la Rayuela, qué mejor -queriendo escribir un post queriendo escribir un cuento queriendo queriendo queriendo
Me alejo de las lentejas un instante y vuelvo al nuevo libro viejo. A aquella tercera edición que encontré un día en Montevideo -18, alguna de esas librerías profundas de 18 con una entrada en la que encontrar cualquier idiotez de las que se venden baratas en las estanterías-caja, las que te invitan a entrar y perderte algo más hacia lo profundo, hasta esos vendedores antiguos, mezcla de sinsabor, aburrimiento, un fondo de ojos que no quieren decirte si leyeron o no lo que van a aconsejarte, venderte, insinuarte- y que desde hace más de un mes se pasea -pobre ignorado, esta espera para esto, este viajar para que lo abandonen primero en una repisa luego en otra luego junto a las llaves- por la casa.
Abro.
Huele dulce. Contraste con las lentejas, que esperan -ellas también- en el plato.
(paréntesis, escucho Abrirse para que venga inversión extranjera y fluya de nuevo el crédito es como si estuviera otra vez en Montevideo, sí)

Vuelvo a lo dulce, cierro oídos sin apagar la radio.

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Dudo entre buscar el principio del capítulo -el miedo, capaz, a la frase iniciada, a no entender- o quedarme ahí donde la página se abrió. El principio del capítulo está lejos -el miedo cerca, pero es fácil esquivarlo, es de papel-, dejémonos de aventuras y leamos acá

“de un hombre llevando del brazo a una vieja por unas calles sinuosas y heladas”

Por supuesto Meredith. Meredith rodeando aquel edificio de Los Ángeles en el que la confinaron. Y ellos añadirían Suerte, señora, recuerde que la encontramos al lado de los cubos. Recuerde aquellos dos niños que jugaban, la vieron, a punto de dejar de respirar. No, señora, ya sabemos que no tiene usted ninguna lesión respiratoria, pero en aquel momento estaba a punto de dejar de respirar, como en un ataque de ansiedad de asma de locura casi tapándose la boca con una mano, la otra estirada. Quién sabe de qué se estaría acordando ¿dice que no lo recuerda, que no se acuerda de estar allí sentada en el portal, mirando fijamente a los dos niños, señalándolos pero clavada en ellos como quien vio pasar un fantasma, traspasándoles la piel y la ropa, con la mirada perdida pero muy fija en algo detrás de ellos?
Suerte que los niños la vieron, señora.
Y suerte que nosotros estábamos en camino para recogerlos y llevarlos al Centro. Lástima que no nos dejen mezclar los casos. No podemos hacer dos informes de un solo traslado, y claro está que no podíamos traer a los niños aquí, ni haberla llevado a usted al internado, es obvio que no podíamos hacer algo así. Lo suyo era tan urgente, usted no se acuerda, eso dice, usted no respiraba, así que tuvimos que cambiar el recorrido previsto. No se preocupe señora. Todo quedó bajo control. Avisamos a la centralita, le garantizo que otros compañeros los recogieron más tarde. No señora, no se preocupe. Seguro que no se hizo la madrugada. Seguro que llegaron antes de la lluvia. Seguro.

trampas

No moví los imanes esta mañana, tampoco es que lo haga todos los días, sólo a veces me acuerdo. Ni hacía falta, total, poner el circulito verde sobre el 13, el segundo –igual de verde– en donde dice MI y mirar cómo el tercero sigue sobre las letras J-U-N.

Lo pienso mientras la mano izquierda sujeta el plástico con el hielo naranja dentro, manejar la bici sólo con la otra mano y pedalear. Imaginar por un instante lo que piensan de la joven-en-bici-con-esa-chuche-veraniega como acompañante. El frío en la lengua y la certeza del verano.

Es verdad que no era necesario dejar la fecha clavada en la estantería de casa, que hoy es un día marcado a fuego –hasta en el hielo– lo sé desde que me metí en la cama y eran más de las doce.

La certeza del verano lo repite, es 13 de junio y no hace falta esperar hasta el 21 22 23 –nunca me entero– ni al solsticio ni a las hogueras. Es verano de niñas con un flá –flag-flash-poloflá– sentándose a la sombra del árbol de la plaza.

Voy lenta, este calor inaugurado pide pasos que me lleven despacio, o movimientos de pedal vagos, desconfiados de la mano sola, aunque el freno derecho sea nuevo.

Hasta me pitan y me adelantan. Mujer. Y niño detrás. Ternura de carril-bici, futuro de ciudad. Hago trampa. Es al menos la segunda vez que hago esta trampa. Sé antes que las demás cómo funciona el juego. Llevo en los bolsillos piedras marcadas. No me atrevo a tocarlas, este camino de curvas, que se estrecha cuando quiere –inevitable ciudad cargada de iglesias entrometidas– que desfila entre kioskos, mesas con la cerveza de turno, paradas de autobús y la mujer del carro de la compra. Ella, su pelo blanco, sus gafas gigantes y gastadas. Sus ojos cansados de ir pidiendo a unos y a otras algo para que el día corra más fresco. Habla con otra mujer, no alcanzo a escuchar más de media palabra antes de volver al verde del suelo y los números marcados en graffitti amarillo, 13, 6, 12, otra vez ahí, puñal clavándose en la rueda de atrás, pobre, tan recién llegada.

Las piedras, las piedritas marcadas, tendría que asegurarme antes de llegar de que están todas. Las normales, esas redonditas, como una canica pero sin la gracia de la transparencia. Todas grises. Cuando llegue, le daré tres a cada una y explicaré el juego. También yo habré sacado tres para mí. Y la grande, roja y algo achatada para que marque bien a dónde vamos. Para que resista y no se mueva ni un milímetro cuando las bolitas la rocen, para que las escupa bien lejos si le llegan con fuerza.

Las mías –ellas no lo sabrán, yo nunca les contaré– tienen todas un peso distinto que las lleva a la velocidad justa, un un perfecto camino recto atraído por el rojo brillante. Sólo con trampas puedo ganar. Ojalá no sean las tres que van saltando traviesas en el último escalón.

Dos están rotas, la tercera avanza, discreta y solemne, hacia la alcantarilla.

tierra (olores 3)

la mano aún clavada

en la tierra

de la maceta grande

Cuclillas, balcón

Pasos sobre tacones

rojos,

olor a perfume barato,

disgusto de viernes noche

a gritos

lanzados

contra el filo de la mano,

teclas apretujadas

huyen

mano clavada en la tierra se va secando

Espero silencios,

fines de fiesta,

que los alejen

con sus voces expectantes

Sus relatos de la noche imaginada,

sus avisos virtuales,

prolegómenos de un bar nuevo,

cigarros en la puerta,

humos impregnan las fachadas

suben

caminan

siguen su deriva

no consigo que la noche huela a tierra mojada

 

páginas (olores 2)

 

Romper el borde de la hoja

avanzar, doblar, romper,

esperar

El filo de una idea

Sumar papeles

todos estúpidamente parecidos

mismo largo, el del cuaderno

de abajo arriba

Todos bien estrechitos

y rayados en azul

–cada ocho milímetros–

Se van acumulando en el centro

de la única mesa

de esta vieja casa nueva

–adquisición inesperada, puntualizo–

Sentada en el filo de la única caja

que pude despejar de polvo

amontono papeles,

rayados –de entre

diez y doce milímetros de ancho–

La pirámide no se anima

a la forma cónica,

aunque la ayude

–las manos lo hacen,

cada dos o tres páginas–

resisten

deslizan

desafían

ocupan

acaparan la mesa

convierten en círculo el rectángulo de caoba

marcada con frases

sueltas,

deshilachadas

Las cajas abiertas

–fueron cinco o seis las que toqué–

hasta que el polvo me hizo

llorar

no ver

no distinguir

si lo de dentro era

al fin

algún libro de los que escribió la muerta,

si seguiría encontrando

cuadernos rayados

esperando tinta

ruedas (olores 1)

morder el lugar del golpe           cuerpo           ruido

nada importa si escalón de mármol

o esquina de centro comercial

con lo difícil que resulta chocarse

en el centro mismo del centro,

ahí donde medio palmo te separa

del ombligo, subiendo apenas

Arriba que después de dos o tres dirhams

es abajo

y salir y pagar de nuevo

y vuelta al escalón           subir           fila            espera                 tu turno

subir

mirar –casi– el borde de una azotea

rueda pequeña, ésta,

pequeña y lenta–

suerte que la tarde

puede no servir más que para esto

para girar y para verle la cara

mirarle la sonrisa

no abrir la boca

mirarla mirar lo mismo

que recién sospechabas

bordes de azotea

vecino curioso

se asoma de soslayo

huele el ruido de la verbena

no ve desde tan lejos

los tornillos sonar

al ritmo del día

el último de su fiesta