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deu del deu del deu, ella.

Ara que aprenc a escriure
Avui que dieu
Avui que ella
Avui que tots
-que tots no és totes,
encara que afora soni que és,
a
falta
de
o-

Avui que ella
Avui que jo
-Avui que sol
aquí-
Avui que no diran
Avui que dic
Avui que la llibretera
comenta
Debe ser muy parecido al francés
-y al portugués,
y hasta al italiano-

Avui que dic
Avui que no diran
que ella
besàvia
faria 107
-cent set-

Ara que aprenc a escriure
-anys-

Baixo al carrer
i em deixo estar.
Baixo al carrer

em deixo
dir.

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Seviembre

 

Pero habría que ir,

que hacer el viaje.

        En tierras de otros. Ana Becciu

Arraigo. Hoy. Aquí.

Mi adolescencia son recuerdos de un septiembre en Sevilla…

Escalera de Plaza de Armas. Viernes. Espero un amovens que me deje en media hora en una siesta de verano, con aire de sierra. Caliente, será. Pero aire de sierra, al fin.

Periodista y cámara de Canal Sur graban la noticia: sigue siendo verano, sigue haciendo calor, la gente sigue huyendo a otras siestas. Nivelón informativo. Se acerca septiembre, sshhh, ehh, oiga, no sea aguafiestas.  
Barrio. El Rocío. Carnicería ‘Blanca Paloma’. Me había quedado sin yerba –mate–. Hoy. Sí. Justo hoy. Justo después de las pintadas –asesinos, escribieron, che–. Le pregunto al carnicero. Tuvo que limpiar. Vidrios. Pintar. Pared. Nada, bueno, solo que tuve que trabajar más hoy, me dice. No pasa nada.
Oficina. Interior. El gris de siempre. Papeles, solicitudes, nombres, expectativas, tiempo. Otra vez. El gris de siempre. Tratar de elegir. Priorizar. Explicar. ¿Que es real, dices? ¿Que todo es real?, me dice.  No, todo tiene que ser compulsado.

El mapa no es el territorio, recuerdo–

Casa. Infancia. Cajón de recuerdos. Juguetes. Carta de la yaya Maria -1994, 84 años, Sabadell-. Nos cuenta que el jardinet se le ha llenado de molsa -musgo-. Que ahora no sabe cómo lo va a quitar de ahí. Que más valdría que se le hubiera llenado de billetes de mil, que le serían más útiles. Me envía un poema. Leo flos de carré -flores de calle- y viajo a una primavera, otra. Olvido el musgo. Ya no le hacen falta los billetes de mil. Ni de diez.

La previa de septiembre me marea. Me aviva. No me deja profundizar en una historia sola. Abro. Miro. Escucho. Hago. Ordeno. Me disculpan, espero. Las puertas se exponen, como en un escaparate de ‘El precio justo’. Elija, ¿con cuál piensa ganar? Se presentan las tardes enteras, justo antes de la rutina de llenarlas. El calendario vacío, todo por hacer –los días en blanco, esos que tendrán 36 horas, 48, con todas sus noches–.

Los bancos de la calle, que serán. Estarán por llenar, para sentarse. Charlar. Tejer. En todas las plazas.

Septiembre, que todo lo puede.

Al margen

Lo encuentro ahí, en un lado, en la columna derecha de una página que se terminó escribiendo –a lápiz– en dos columnas. Y sé que se escribió primero esa, a la derecha, como anticipándose a algo, como queriendo colarse, llegar antes. Y que luego tuvo que recomponer la imagen de la que la miraba desde detrás de la pantalla –otra vez ella, ojos negros, chanclas de plástico celestes, tierra anaranjada detrás, fondo continuo, tierra de verano largo y pies naranjas- para seguir el viaje impuesto por los números que corren de arriba abajo de la misma pantalla.

–escribir –ficción– es lo único que puedo hacer sin mentirle a nadie

la manera más digna de salvarme

ahora, visto en pantalla, no me gusta

no me gustan las cosas que tienen que ser más

son

o no son

de memoria

la memoria es frágil

la memoria es lo que a ella le da la santa gana

 

he buscado fotos hechas desde la cocina al menos un par de veces

me puse a recordar los desayunos mirando la línea azul del horizonte

como hipnotizada

 

en alguna foto de interior, la realidad me devolvía el golpe

también había un hule morado con lunares blancos

que le hizo el fondo a los cuadernos sucesivos,

una y otra vez

un desayuno y el siguiente

 

otra foto de interior y aparece el azucarero pato amarillo

las paredes verde chillón

los asientos pegados a la pared, acompañando la esquina

en una interpretación libre de los sofás marroquís

 

la tetera junto a la ventana con las hojas del poto saliendo,

desparramándose sobre el fregadero, enmarcando la imagen del azul afuera,

con aquella especie de muñeca de hierros y papel

que se despertaba todos los días bailando sobre la tetera

sobre el agua del grifo

sobre su selva de potos

 

la niña de papel y de hierro que me retaba cada mañana

me invitaba a dejarme ir

sacar los ojos de los lunares

de los cuadernos

del café

del aceite en lata de cuatro litros

de las tostadas de un pan que se llamaba galleta

y había que cortar por capas

 

mezclas imposibles

galleta y aceite de quién sabe qué olivos, envasado en catalunya comprado en un freeshop de un pueblo que se llama Chuy

pueblo doble

 

la memoria inventa

la memoria vive como se le canta

 

me había olvidado de los tejados inmensos, de la multitud de edificios que había

entre mi desayuno y el río-mar

 

alambre papel, salta

alambre papel, salta

las diarias

leo el diario de otra y me entran unas ganas infinitas de hacer eso,

de abrir,

de jugar al aquí ahora esto

al aquí ahora lo que salga

porque eso es lo que se hace en un diario -con un diario- aunque luego puedan arrancarse páginas, sobre escribir, comentar al margen, en otro color, con otra fecha, en rojo y entre exclamaciones para las cagadas grandes, rollo ¡¡pero si ya lo sabíamos!!

leo el diario de otra y me entran unas ganas infinitas de tener un diario,

ja, como si no tuviera uno nuevo desde -aprox- el uno de enero -como corresponde-

leo el diario de otra y me entran unas ganas infinitas de escribir, aquí, una entrada que sea como la hoja de un diario. que sea como ese micro espacio en el que no puedes mentir, porque luego le pones un candado y no lo lee nadie más.

y me doy cuenta de que es un día estupendo para contar lo que hice. pasé por delante de mi cole. un par de veces, tal vez tres; tal vez tres andando y dos en bici. tiene rejas más altas. sé que tiene rejas más altas porque hay un trozo que separa lo que había antes de una ampliación, casi un metro más. pero en realidad si la miro no me parece una reja tan alta. la calle que lleva a la avenida, por la que iba todos los días con la abuela a esperar a mamá me parece una calleja medio estrecha; nunca me pareció una avenida tampoco -más que nada porque es un pedazo peatonal-, pero nunca sentí que aquel recorrido fuera estrecho. [esto, en realidad, me lo invento, porque cuando era chica y llegamos al pueblo de mi familia, mi tía -que hacía años que no iba- decía todo el tiempo que todo era mucho más pequeño de lo que recordaba; y a todo el mundo le hacía mucha gracia]

se ve que estuve entretenida con otras cosas -con una valla nueva que separa el pequeño patio techado de la parte de atrás por donde entraban los profes; con la cantidad de plantas que crecen espontáneamente en el trozo que tenía árboles y tierra; con la altura nueva de las vallas- porque no me acordé del día en que rompí un diario entero, en el baño del patio. ese al que se entraba por al lado de la fuente.

bolsa de bruja

Pongo el pie en la calle. No, no llevo los tacones puestos. Lo dudé. Pensé que iría hasta casa, que me quedaría con la falda puesta. No podía salir a la calle con falda y pseudobotas de montaña. No con esta falda.

Así que cuando pongo el pie en la calle ya no llevo los tacones puestos.

Pero es mentira que haya pensado en eso.

Hay una voz que me saca de los tres primeros pasos que doy en la calle. Hay dos voces que me sacan de los siguientes pasos que doy sin tacones. Hablan de clown. De bufones.

Con el móvil en la mano me pregunto por qué el gesto automático, por qué la luz que me atrapa y que me saca de la calle. Que me saca de las sensaciones del baile juego, del juego baile. Que ni siquiera me deja darme cuenta de que ya no llevo los tacones. Que ya no sueno fuerte si se me ocurre ir saltando.

Me niego. Guardo el puto teléfono. Salto. ¡Salto, salto y salto!

No, no llevo tacones y me alegro; me alegro en diferido, no se alegra mi cuerpo porque mi cuerpo quería seguir sonando a tacones.

Se alegra mi cabeza que me acaba de ver resbalarme con las puntillas del tacón, las puntillas de la punta; el salto que termina con el culo plantado en los adoquines.

Pongo el pie en la calle. Pongo el otro pie en la calle. Miro la hora. Nada de pasar por casa. Vale. Seré caracol con chándal, la falda guardada en bolsa de tela colgada a la espalda.

Bueno. Ya habrá noche mañana para lucir medias. Me distraigo. Me digo que tengo que estar atenta. Me digo Basta de luz de teléfono.

Abro los ojos.

Cierro el paréntesis y vuelvo a las sensaciones del baile.

Se me suelta la cara y los ojos se me abren más. Debo estar sonriendo porque la gente me mira como si fuera peligrosa; como si acabasen de verme caer desde la azotea más alta. Como si desde esa caída, a vuelo rápido, hubiese aterrizado leve, pie uno, pie dos, sin miedo.

Me he visto bajar y me he mirado los pies. Un paso, otro paso, uno, otro.

Levanto la vista. Hay una botella de agua a la altura de mis ojos.

Se me ocurre que debajo debe haber un coche. Los coches usados, cuando los quieren vender, se señalan con una botella de agua encima del techo. No sé si en alguna de mis ciudades o si sencillamente en una que visité.

No hay coche.

Sí hay coches, dos,

–y eso que se supone que es una acera–

pero no están debajo de la botella.

Lo que hay es uno de esos extraños elementos del mobiliario urbano. Algo como un armario de hormigón con un par de puertas metálicas y la curiosidad absoluta de qué guardará dentro. ¿Se vende? ¿Se vende eso?

Me dan ganas de reír y además empiezo a saber que un minuto más tarde tendré los ojos aun más abiertos, la sonrisa más amplia, los músculos de la cara más sueltos.

Le doy la vuelta al armario.

En las puertas, un puñado de anuncios, cosas que se venden, tiempos que se alquilan.

Los coches, cuando vuelva a casa, seguirán en la acera. La botella, no. Los anuncios serán otros, de conciertos inminentes, de cerrajeros más urgentes.

Pongo un pie en la calle.

Antes de llegar a la esquina me cruzo con una madre y su hija, de unos 5 años y 90 centímetros de alta. Lleva puestos unos tacones negros que su madre no ha conseguido quitarle después de la clase de flamenco.

En la bolsa de la bruja llevo mis tacones nuevos.

la casa grande

Soñé otra vez una mudanza. Bueno, no, la mudanza no la soñé. Ya estaba en la casa. Una casa otra, de espacios grandes; conforme la recorría aparecían más espacios de la nueva casa.

                                                                                                    (apuesto a que no existían hasta que entré en ellos)

No sabía cómo había llegado hasta allí ni en cuál de mis ciudades estaba.

Todos los muebles que había parecían pocos, sueltos dentro de espacios tan grandes, con tanta luz.

Sobraba tanto lugar que cualquiera que llegase amenazaría con quedarse.

la casa en bvr españa

la casa en bvr españa – mvd

que no falte

Yo digo que se llama María. No le hice una foto pero salí a observarla cuando se iba, después de que le dijeran que Ana y Concha viven, en realidad, en la calle de al lado.

María llegó a la puerta y miró para adentro. Me preguntó si conocía a Ana. Giré para mirar a la persona que preguntaba por Ana: gafas lilas, pantalones de chándal morados, camiseta con flores turquesas y violetas… Sí, puede ser verdad que se llama María; de muy pequeña alguna vecina le decía Mariquilla, y a ella no le gustaba. Ahora, cuando va al médico, le dicen señora María. Y tampoco le gusta.

María venía buscando a Ana, que tiene una hermana que se llama Concha.

Son grandes mujeres, muy inteligentes -eso les dice a otras dos vecinas, después de preguntarles si han visto a las hermanas últimamente, si saben cuál es su terraza-.

Hace tiempo que no vengo, hace tiempo que no las veo. El otro día me dijeron algo de Ana; yo no oigo muy bien, ¿sabes? pero me pareció escuchar “que Ana falta, que Ana falta” -la miro y sé que no recuerda muy bien quién le dijo eso, si le pasó o lo soñó-, así que vengo a ver cómo está Ana, si es que no falta.

 

mirando al mar.jpg

disparen que no sé cómo duele

la punta de la pistola entre la cuarta y la quinta vértebra.

no siento algo frío que esté apoyado directamente en mi piel.

no sé si de pie o tumbada, solo sé de la pistola que tengo apoyada en la espalda, en un sitio tan bajo que no sé cómo, pero sé que el disparo me va a matar. sin saber dónde estoy, sin saber cómo conecta la última imagen que recuerdo con este estar pegada casi por el culo a la punta de una pistola, sé que puedo salir corriendo. no hay nadie al otro lado de la pistola. se va a disparar igual. puedo salir corriendo igual.

no lo hago.

sé que puedo despertarme. sé con tanta fuerza que puedo despertarme como que tengo ganas de saber cómo duele.

tarden cuanto quieran

la tarde es infinitamente más interesante que la mañana.

-disculpen que lo diga, amigas que no están-

apareció, al fondo del fondo de la puerta abierta, la prometida marioneta gigante (ahí justo, ahí donde terminan mis ojos cuando giro la cabeza 120º grados a la derecha). Está sentado, no llego a verle la cabeza -si me esfuerzo y entorno los ojos, adivino una barbilla con una especie de barba en pico, me hace pensar en un Quijote, pero el Quijote no se dejaría estar así, sentado en un taburete alto, con las rodillas dobladas, los brazos doblados hacia arriba en un gesto que dice que en cualquier momento se pone a llorar

sí, papá, no es ninguna de las noticias de hoy, es una marioneta gigante, una marioneta hombre, que parece un quijote si te empeñas y que si lo mueven una vez más se va a poner a llorar.

las tardes son infinitamente más interesantes que las mañanas.

por un oído me llega un debate con acento uruguayo. campaña electoral. plebiscitos. no aclares que oscureces, dice ella. pues eso.

-disculpen, amigas, sé que no prometieron ninguna marioneta gigante, tal vez una virgen, tal vez algún cristo, eso dijeron-

un señor pasa. camisa blanca, cartera en bandolera. se para. mira. una vecina que tampoco está por las mañanas se asoma desde el salón. al lado, la terraza-trastero del cabecero-cama-doble. una señora -camiseta blanca, bolso en bandolera- sale del local donde al quijote lo están trastocando.