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SOS. Letras en fuga.

Aquí. Sevilla. Esta. Hoy. despierto a medias. Miro alrededor y no es mi cuarto. Miro alrededor y no es mi casa. Cierro los ojos y trato de volver al sueño. Recuperar una imagen, sé que si la encuentro y me duermo en el mismo sitio donde estaba hace cinco minutos, podré seguir la historia. Espera, no, ¿tengo el cuaderno?

Abro los ojos lo justo para mirar debajo de la almohada, izquierda, derecha. Muevo los brazos hasta el borde de la cama, sobre la almohada. Boli, sí. Cuaderno, también.

Puedo seguir.

Puedo soñar.

—y luego podré acordarme y guardarlo en la página que toca. Aquí. Esta. Hoy. Sevilla.—

Me doy media vuelta. Contra la pared. Me ovillo. Silencio. Fresquito de aire acondicionado. No me pregunto dónde estoy. Vuelvo a la última imagen. Un cuadro blanco. Con un marco de madera, pintada de blanco. Todo blanco, nada más, sí. Está sobre un sofá desvencijado. Tiene los cojines rotos y la flor del respaldo descolorida. La miro desde una mesa que está en mitad del salón. Entre las manos, tengo una taza de café que se me enfría.

Ya casi estoy dormida de nuevo cuando Lucía grita mi nombre. Ahora sí sé dónde estoy. Se acerca, escucho sus pasos por el pasillo y mi nombre suena cada vez más fuerte. Me doy prisa. Me giro. Agarro boli y cuaderno y empiezo a escribir. Que el sueño no se escape. Que no se me olviden el café la mesa el sofá el cuadro blanco. Llega Lucía. Empieza a subirse a la cama. Escribo las palabras con prisa. También llega Paula. Me hace cosquillas en los pies. Miro el cuaderno y apuro los últimos dos segundos antes de que

– ¿Qué haces, tita?

– Escribo.

– ¿Un cuento? ¿y luego nos lo vas a leer?

– Más o menos, Lu. Escribo lo que he soñado.

– Ah, entonces nos quedamos contigo hasta que termines de escribirlo todo, porque si hay alguna letra que se te escapa te tenemos que ayudar. ¿Vale?

Arraigo. Hoy. Aquí.

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