procesos, viaje

plan b, ¡plan ba!

El cuadro es una ventana blanca, de madera, con persiana también blanca -también de madera-, abierta hasta los dos tercios. -Tapando arriba, el tercio superior de los vidrios, solo una de las líneas de vidrios-.

Detrás del árbol sin hojas, chiquito -lo habré visto con hojas, la otra vez, el repetido ‘diciembre’, sobado diciembre, ese- las dos ventanas alargadas con la puerta al medio, alargada igual. Altísimas todas. De madera -también-, aunque ellas no son blancas. Son marrones. Y son persianas que abren hacia los lados. No hacia arriba como la de esta casa -inesperada, que no desconocida- en la que estoy.

La casa de enfrente tiene la ventana izquierda abierta: la persiana entera y parte de los vidrios. Uno de los tres, de hecho. Símbolos. Mucha cosa de tres en tres. En algunas, dos abiertas, una cerrada. En otras, dos abiertas, una cerrada. Jugamos mucho a esto del número tres. Con mi treintaytres. Treintaytres años.

Ahora hay un perro en la ventana de enfrente. Entre los vidrios -las dos hojas cerradas- y la reja que la separa de la calle, sobre el pretil, o alféizar; eso, alféizar se llama esa parte de la casa.

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