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Al margen

Lo encuentro ahí, en un lado, en la columna derecha de una página que se terminó escribiendo –a lápiz– en dos columnas. Y sé que se escribió primero esa, a la derecha, como anticipándose a algo, como queriendo colarse, llegar antes. Y que luego tuvo que recomponer la imagen de la que la miraba desde detrás de la pantalla –otra vez ella, ojos negros, chanclas de plástico celestes, tierra anaranjada detrás, fondo continuo, tierra de verano largo y pies naranjas- para seguir el viaje impuesto por los números que corren de arriba abajo de la misma pantalla.

–escribir –ficción– es lo único que puedo hacer sin mentirle a nadie

la manera más digna de salvarme

ahora, visto en pantalla, no me gusta

no me gustan las cosas que tienen que ser más

son

o no son

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de pie

El abuelo llevaba meses sin salir de casa. Al principio fue la torcedura del pie.

A los dos días, cuando más hinchado estaba, seguía empeñado en que tenía que ir al estadio, era el último partido y el equipo se jugaba la liga. Nadie podía acompañarlo, Mateo y Juan se habían marchado hacía varios meses –ya le dolían bastante todos los domingos que había tenido que ir al fútbol sin ellos–. Manuel era demasiado pequeño y María, aunque es mayor que yo, se habría puesto roja de vergüenza de solo pensarlo. Yo me moría de ganas de ir. Desde antes de que mis hermanos se fueran a Francia, pero nunca me atreví a decir nada. El primer domingo que no estaban, se lo dije al abuelo, procurando que no se enterara nadie –sobre todo padre–. Me dijo que no todas las veces que insistí, aunque ya el primer día se le iluminaron los ojos cuando terminé la frase –despacito, porque no me salían del todo las palabras, eran nuevas–.

La última vez que se lo dije fue el mismo día que se rompió el pie, por la mañana. Lo pillé desprevenido, con el café entre las manos. Lo vi titubear, casi dijo un Ya veremos. Vi en su mirada triste un Ojalá tu padre estuviera en el pueblo también el fin de semana. Ojalá no estuviera en casa cuando hay partido.

Ahora todos los domingos me pongo los pantalones de Mateo –los que se olvidó secando en el patio– y ensucio mucho los zapatos feos de ir a la escuela. Entro en la taberna de Gonzalo aprovechando que entran los amigos de Juan.

Me escondo bajo el transistor, al lado, detrás de la cortina. Y copio todas las frases que puedo, una detrás de otra. En cuanto termina partido me voy corriendo a casa, intentando que no se me note la cara de fastidio si perdemos.