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cinco campanadas

Antes de que me diga que ya puedo abrir los ojos ya sé que no estoy donde quiero estar.

Aunque parezca mentira, esta certeza es el mayor de los pasos que doy desde que me lo encontré. Ahora es fácil decir no tendría que haber entrado

no tendría siquiera que haber abierto la puerta

habría sido mejor seguir en el silencio de mis paseos discretos

El poblado vacío. El poblado abandonado a los lados de la vía. Como si alguien, el jefe de estación, hubiese errado algún gesto y los pasajeros, asustados, hubiesen dejado las maletas –previamente amontonadas– afuera. La gente corre, se asusta, pregunta pero sin esperar la respuesta vuelve adentro de su vagón. Hasta los familiares, ésos que habían esperado impacientes la llegada de los que por fin volvían, suben al tren sin pensar.

Imagino la escena mientras me resisto a obedecer. Ahora ya no quiero abrir los ojos. De momento no quiero abrir los ojos. Aquí no me interesa saber dónde estoy. Escucho su voz

ya puedes abrir los ojos.

Es una voz chillona. Esa voz atrapada en un cuerpo que fue encogiendo durante años y cambiando de color. A una especie de gris azulado. Y ese ridículo sombrero almidonado a juego con la solapa amarilla. Duende insólito que me persigue con la excusa absurda de que entré sin permiso en su casa

Las maletas se quedan ahí apiladas, a uno y otro lado de la vía. En medio de la confusión, los niños vuelan de unos brazos a otros. A un perro lo devuelven adentro por una ventana. El jefe de estación mira atónito, tiene un brazo levantado y sujeta la cadena que llega a la campana, sin recordar las cinco veces que ha tocado (tres rápidas, dos lentas) indicando peligro inminente. El volcán, quién sabe. La crecida del río, la crecida del ríolacrecidadelrío son las palabras que le salen, sin sonido, de la boca –señora rubia con los ojos fijos en la cadena quieta por el jefe de estación que cuelga

puedes abrir los ojos, muchacha.

Quiero decirle que lo siento. Quiero decirle que me lleve a casa, a mi vagón, que no se preocupe, que sí, que vivo bien en mi vagón, que no lo molestaré, que hace meses que hemos convivido en el poblado sin vernos, que podemos seguir, que basta con que me lleve hasta la vía, que no me importa que sea de noche, ya me acostumbré a esta oscuridad

muchacha, abre los ojos.

No es verdad que en aquel tren se fueran todos. No es verdad que el volcán escupiese después de que el tren se perdiera. No es verdad, ni mucho menos, que me quedase dormido aquel día hasta que sonaron los cinco toques de campana, ni que salí corriendo. También es mentira que el jefe de estación se salvara, lo vi correr tras el último vagón. Saltó. No ocurrió como en las películas antiguas, no tuvo una barandilla a la que agarrarse ni una plataforma en la que aterrizar.

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