diarios, Lucho

29 de abril

hola Diaria,

ya ves qué complicado todo últimamente ¿no?

Como ya sabes que a veces no puedo hacer lo que te prometo, no voy a decirte que no volverá a pasar, que no estaré otras dos semanas sin contarte nada.

Complicado. Complicado. Complicado.

De momento, lo más urgente es lo más urgente, lo que me olvidé la última vez. Cuando te hablaba de mamá y de que ya no sabe que escribe. Y que se deja el cuaderno en cualquier parte.

Ese día me puse a leerlo allí donde estaba, abierto sobre la torre de periódicos viejos. Ella se había ido. Bueno, no sé si se había ido, quiero decir que no estaba en la cocina y no me veía. Supongo que estaría en el balcón, viendo cómo nadie pasa, últimamente ni siquiera los hombres de gris oscuro, aunque ya sabes que a ella ya no le dan miedo. Puff, ¿ves? es que han pasado muchas cosas, porque no te he contado que en realidad a mí ya casi tampoco me dan miedo. Pero es que en realidad, ya apenas los vemos, así que es fácil que no me den miedo ¿no crees?

A lo que iba. Ese día mamá escribió algo que me pareció muy raro. Hablaba de ella. De que cuando llegaban se la encontraban pintando las paredes. Que la casa no tenía ventanas (¿a lo mejor eso es que creían que también nuestra casa estaba vacía? ¿y por eso ya no quedaban ventanas? ¿porque las habrían tapado como todas las otras ventanas de la calle?). Y que todas las paredes estaban llenas de líneas de tiza blanca. Que ella tenía la tiza blanca en la mano y otras de colores en la izquierda. Y que ellos venían con armas, con unas pistolas enormes como si allí dentro hubiese mucha gente peligrosa. Por lo visto, ella se había dado la vuelta y se había dado cuenta de todas las líneas que había por las paredes. Y que sin embargo no había conseguido la ventana que quería porque todo era blanco. Pero decía  que se había quedado callada, que no había sabido explicarle eso a los señores de las pistolas gigantes, que sólo los miraba y seguía rayando la pared con la mano derecha. Y que intentaba al menos llenar uno de los cuadros de blanco, para que al menos una de todas las ventanas de mentira pareciera más de verdad.

Entonces, se dio cuenta de que todo lo que trataba de explicar (que eran ventanas, que no quería escaparse, sólo que sus hijos necesitaban luz, todo eso que a veces ella dice en voz alta, o decía) en realidad no lo podían estar escuchando, porque su boca seguía cerrada. Y que la seguían mirando sin decir nada, pero que avanzaban poco a poco, sin bajar las armas ni nada. Así que se le ocurrió ofrecerles las tizas de colores.

Ahí es donde la letra se volvía grande, cada vez más. Y se repetía la misma frase. No sé por qué lo hice. No sé por qué lo hice. No sé por qué lo hice.

Entonces yo me imaginaba a mamá dando la vuelta, con la mano derecha aún pintando la pared (saliéndose del rectángulo que quería pintar de blanco entero) y diciéndoles despacito que ahí tenían tizas, que ellos también podrían pintar, que el recreo estaba a punto de terminar, que no tuvieran miedo, que sólo era un juego y la maestra no les regañaría si pintaban bien, dentro de las líneas blancas.

También me imaginé eso otro que estaba escrito. Mientras abría la mano izquierda, empezó a sentir el líquido caliente que le caía por los muslos y le mojaba los pies, sin zapatos.

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