diarios

platos

Querido M:

estoy tentada de levantarme de la silla y buscar las líneas en las que explicas ese evento del lavado de platos. La concentración y todo lo demás. Formas de iluminación. De luz, supongo.

Ni te imaginas la de cosas que han pasado desde que me decidí a fregar los platos –los de hoy, ayer, tal vez anteayer también; suerte que de tres días tal vez sólo dos veces fueron comidas en serio–. Ni te imaginas el arma peligrosa que es un teléfono que llaman inteligente. Me pregunto qué habrías hecho con uno de ellos entre las manos. Si toda la Novela Luminosa se habría escrito en la calle, como una sucesión de twitts lanzados a un universo paralelo.

Miento, es más que seguro que lo hayas imaginado.

Es más que seguro que lo hayas escrito, vos o cualquiera de los personajes que.

Giro y sigue habiendo platos. Cada vez menos luz. Los balcones enfrente siguen cerrados. Sólo se llenan de turistas indiscretos de vez en cuando. Muy de vez en cuando.

De momento, no voy a ir a buscar el libro. Mejor termino la tarea y después te cuento esa historia de echarse a dormir una siesta y terminar soñando la pesadilla de que el mundo se apaga, todo entero y una pasa de estar en el cine a suponerse en mitad de una plaza en la que no queda nadie más de toda esa gente que dos segundos atrás miraba atenta una bola naranja apagándose allá a lo lejos. Bocas abiertas.

 

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